Engendro
CAPITULO II
Timing….timing….
¿Cuándo es el momento perfecto para hacer las cosas? ¿hoy? ¿mañana? ¿dentro de cinco minutos? ¿diez?
Los gringos tienen eso. La frase exacta para definir ciertas situaciones.
Cuando Shanon me dijo “Rodrigo, i´ve got a crush on you!” no me preocupé.
Parecía asunto poco serio. Como de chocolate. Así que respondí: “I´ve got a crush on you too!”
Después, cuando me dijo “I´m falling in love with you”, yo pensé “Sure. ¿Why not?” y respondí “I´m falling in love with you too!”.
¿Qué hubiese escrito Rebeca en su tarjeta?.
“Misógino, egocéntrico, irresponsable social….”
Nunca te acuestes con la sicóloga de la empresa. Tienden a complicarlo todo. Hay que pasar un tamiz, todo tiene una explicación, un sentido oculto.
Si cagas mal y la mierda apesta, es culpa del estrés.
Si la pija se te ladea, es producto de tu profundo deseo sexual insatisfecho por tu madrastra.
Nunca te acuestes con una sicóloga, punto.
Faltando un par de meses para la boda, sentí como si tuviese una rémora nadando junto a mi cola.
No. Era peor. Era como si una sanguijuela estuviese pegada en mi cuello chupándome el líquido cefalorraquídeo directo de la médula espinal.
Me fui. Cuando volví seis meses después, Shanon estaba todavía ahí.
A los diez minutos, con dos maletas en la mano, se despedía diciendo: “Rodrigo, you are a good guy, but i can´t stand this anymore” y se largó.
Timing…..timing….
Shanon era muy hermosa. Su piel blanca, casi transparente, dejaba traslucir las ramificaciones de sus venas.
Cuando besaba sus puntudos pechos de pezones rosas me sentía como vampiro. ¡Hubiese sido tan fácil perforar la piel y succionar hasta dejarla seca!
Me despertó la casi dolorosa erección.
Estaba acostado en un catre oxidado, sobre un petate mohoso que olía a humedad y meados.
La habitación de madera apolillada no tenía baño ni muebles.
Salí. El sol ardía a morir.
El cuarto donde dormí estaba detrás de la tienda de Doña Rosa. ¿Cómo había podido cargarme ella sola?
Tendría que preguntarle después. Ahora las ganas de orinar me estaban matando.
Encontré la letrina a un costado del cuartucho. Era apenas un hoyo dentro de un cajón de madera que cubría la fosa séptica.
Mientras orinaba, sentí una sensación de alivio tan grande que se me escapó una lágrima.
Ahora ¿Dónde podría lavarme?
Salí de la letrina. Evidentemente el sanitario era comunal, porque fuera encontré una fila de niños panzudos esperando.
No me quedé a responder sus preguntas. Me urgía una respuesta para las mías.
Encontré poca gente de camino hacia el río.
Un par de señoras en los lavaderos cuchicheaban. Reconocí que hablaban español también, pero tan rápido y con un acento tan marcado, que renuncié a intentar descifrar su conversación.
Adelante, en un par de tablas que fungían como muelle, tres hombres descargaban cajas de provisiones de un lanchón. Me ignoraron olímpicamente, como si no existiese.
Me lavé en el río y regresé a la tienda de Doña Rosa.