Engendro

ENGENDRO

CAPITULO I

Me gusta descansar la mano en tu vientre
En instantes así quisiera prodigarme
Reunir valor para bajar la guardia
Besar tus párpados y cerrar los míos

Las hojas secas crujen a mi paso. Las ramas de los árboles rasgan mi rostro. Sigo caminando por el sendero maltrazado que el paso de los animales ha dejado en su búsqueda imprecisa e indefinida.
Pronto oscurecerá. El atardecer con holgazanería cuelga en el tendedero sus últimos rayos de sol.
Debería buscar refugio, pero mis piernas piensan por si mismas y se rehusan a detenerse.
El tiempo les concede la razón, pues todavía no es noche cerrada cuando he llegado a un pueblo anónimo, bastardo no reconocido del mapa que descansa en el bolsillo trasero de mi pantalón.
Un puñado de casuchas de techo de palma se amontona a la orilla de un río de mísero caudal. Los ladridos de los perros anuncian mi llegada, que genera una considerable expectación entre la veintena de personas que habitan el poblado.
Una de ellas se dirige a mí, chapurreando el español.

Es Doña Rosa, dueña del único tendejón que hay por la zona. Atenta a su modo, me invita a pasar a su local para una conversación que preveo tomará tintes de interrogatorio.
El anuncio de Cocacola de la entrada se distiende siniestro entre sombras violentas que amenazan con devorar las calles de tierra apisonada.
Entre rejas de refresco y cartones de cerveza vacíos, iluminados apenas por la luz de un quinqué, pulseamos ella y yo. Ella a ver cuanta información puede sacarme y yo cuanta puedo ocultarle.
¿Cómo llegué ahí? ¿Cuánto pienso quedarme?
Trato de explicarle que ni siquiera se donde es ahí, pero es evidente que no me lo cree.
Es complicado pedir alojamiento cuando las preguntas se te enredan como una telaraña pegajosa.

Doña Rosa es como tantas personas a quienes la vida se ha bebido legal. Sin soda ni hielo, ni florituras de esas.
Aparenta sesenta años, pero bien pudiera tener apenas cuarenta.
Su boca ha perdido un par de dientes y los que conserva tienen un tono verdoso cerca de las encías. (“El verde es vida”. Frase que juega a las escondidillas en mi mente)
Habla rápidamente y comiéndose algunas letras. Por eso es que a ratos me cuesta tanto entenderle.
Por fin, después de algunos escarceos más, me ofrece un plato de puchero de cerdo con plátano y hierbas de colores misteriosos.
Un puchero que sabe delicioso después de dos días sin probar alimento.
Miro sus manos sucias y arrugadas que recogen el plato vacío y siento la misma sensación (vacío) en tanto el caldo conjura una revolución en mi estómago.

Mientras se sienta frente a mi, en un extraño alarde de coquetería Doña Rosa pasa sus dedos por el pelo apelmazado y sonríe (¡Por Dios!). Devuelvo la sonrisa, y ese gesto me regala una cerveza tibia que milagrosamente ha aparecido entre las cajas de conservas.
La bebo por diplomacia. Poco después se rompe la frágil resistencia de mi estómago que hasta ahora había resistido heroicamente, así que vomito una mezcolanza de puchero y cerveza a medio digerir sobre la mesa de plástico.
Mientras permanezco en un estado de sopor semi-incoherente, Doña Rosa ríe mostrando impúdica sus dientes verdosos.

6 comentarios to “Engendro”

  1. H. Dice:

    Te traes un ritmo de publicación vertiginoso.

    Es reconfortante saber que recopilarás todos tus textos en una sóla página.

    Te sigo, Speedy.

    ¡Arriba, arriba!

  2. Nuna Dice:

    Traigo un Rioja de los buenos. Sacas las copas? Un beso (o una nalgadita de esas).

  3. Anam Dice:

    ¡Felicidades! Será un placer leerte, un besazo.

  4. sohno Dice:

    H.: No, no. Los primeros eran de prueba y son del armario.
    Este si es nuevito nuevito.
    ¡ándale, ándale!
    Por cierto, ya te andaba confundiendo. Estás muy parco de nombre, boss.

    Nuna: Siempre serás bienvenida. ¿Que esperas que no tomas tu copa?. Otro (y otra)

    Anam: Grazie, grazie. No esperaba tanta gente, pero me encanta. Otro azo.

  5. Gloria Dice:

    Yo he traido jamóncico ¿Dónde lo pongo?
    Gracias por invitarme a tu casa. Cuando quieras vienes por la mía. Besote

  6. sohno Dice:

    Gloria: ¡Que bueno porque por tanto beber nos estaba dando hambre!
    Pronto te doy la sorpresa. Un beso

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