La máquina maldita

Posteado en Cuentos infernales sobre Junio 25, 2008 por sohno

- Jefe….¡Nos la han colado! –Dijo el idiota de Gutiérrez.

Yo preferí guardar silencio. En parte porque no quería romper el delicado balance prevaleciente en las relaciones laborales de la compañía (¡podría ahorcarlo!), pero principalmente porque no soporto las obviedades.

- López ¿Cómo vas?
- Mmmmmh! No muy bien señor, la verdad…

López es mi mejor hombre. Tiene un masters en ciencias y domina cuatro idiomas.
Si hay alguien capaz de comprender el instructivo, esa persona es López con seguridad.

Al tiempo tres de mis empleados revisaban detalladamente el equipo, oprimiendo botones y haciendo pruebas, mientras que el zángano de Gutiérrez se limitaba a observar, parado a un costado mío, con los brazos en jarras mientras negaba con la cabeza.

- ¿Y si…….? ¿Y si llamamos al técnico? – Se decidió por fin a preguntar.

El técnico en fotocopiado ya había venido tres veces con anterioridad.
La primera vez sacó un juego de copias del informe anual de resultados, lo escaneó y lo mandó vía mail a los directivos. La segunda vez valoró los principales proyectos de inversión de la compañía, evaluó la tasa interna de rendimiento de cada uno de ellos (por distintos algoritmos) y determinó los idóneos, faxeando un resumen a los principales accionistas. La tercera vez elaboró las declaraciones de impuestos de los empleados, mientras preparaba un soufflé de chocolate y café vienés, al tiempo que jugaba una partida de ajedrez en línea con Kasparov y componía una polka.
Todo solamente oprimiendo un par de botones.
¡No iba a soportar nuevamente la sonrisita de superioridad de ese hijo de puta, mal que nos jodieran a todos!

Pasaron quince minutos en tiempo muerto. Luego decidí intervenir.

- ¡Ustedes! – Interpelé - ¡Llévense a López al baño! (No iba a darle el gusto al condenado aparatejo de ver llorar a un hombre hecho y derecho) ¡Apártense! Voy a ocuparme personalmente del asunto.

Mientras se llevaban a López entre espasmos de rabia y al borde de una crisis nerviosa, me acerqué a la máquina decidido, con la hoja de presentación del informe mensual de ventas en la mano.

- Señor… –Dijo Gutiérrez, que absurdamente creía ser mi brazo derecho- ¡La junta de los directivos es en quince minutos!
- Lo se, Gutiérrez, lo sé - Respondí, sin hacerle mayor caso.

Inserté la hoja en la bandeja principal, programé el número de copias en “10” (una por directivo) y oprimí un botón que tenía una lucecita verde.
La hoja desapareció en el interior de la máquina y de manera casi inmediata salió en otra bandeja.
Instantes después, otra hoja cayó en un receptáculo bajo.

- ¡Ajá! – Dije triunfante, al tiempo que levantaba la copia para que todos la vieran.

Bien pronto me di cuenta de que estaba sosteniendo una hoja en blanco.
“No pasa nada”- Pensé – “Solo debo poner la parte impresa hacia el otro lado”
Giré la hoja y repetí la operación. Nuevamente el papel original se adentró en las profundidades de la máquina…pero esta vez ya no salió por ninguna parte.
Volví a oprimir el botón con la luz verde. Nada pasó.
Oprimí un botón con luz amarilla. Nada.
Oprimí un botón con luz roja….y la hoja de presentación de mi informe salió convertida en confetis por un costado de la copiadora…..
Con un rugido, tomé todo el informe y lo coloqué en la bandeja principal.

- ¡Señor!…¡Los accionistas! – Insistió Gutiérrez
- ¡Me cago en la puta madre de los accionistas y en la suya también Gutiérrez! – Grité, mientras oprimía frenéticamente los botones.

No pasó nada, salvo que se escuchó un zumbido metálico, muy semejante al sonido de una risa humana.
Era evidente que la copiadora pretendía burlarse de mí, así que tomé un extintor que se encontraba cerca y lo descargué salvajemente una y otra vez sobre la maldita máquina.
Tuvieron que detenerme entre cuatro empleados y dos de los miembros del cuerpo de seguridad.
Me sentaron en una silla y me tranquilizaron con un vaso de agua, mientras una secretaria me abanicaba con un fólder.
De pronto, se escuchó un sonido como de papel deslizándose.
Diez copias perfectas del informe fueron acomodándose en sus respectivas bandejas. Después fueron empastadas.
Incrédulo, me puse de pie para acercarme. Uno de mis empleados me alcanzó un ejemplar, más nítido aún que el informe original.
La condenada máquina inclusive había realizado algunas correcciones al estilo.
Me desplomé en la silla.
Estridente, nuevamente se escuchaba ese zumbido metálico….tan parecido a una risa humana….

Orgía esmeralda

Posteado en Poemas absurdos sobre Junio 23, 2008 por sohno

En incestuoso abrazo
Por lo alto
Entrecruzaban ramas
Rozaban indecentes
Verdes brotes
De inane preámbulo ahítos
La savia derramaban
En sempiterno orgasmo

Problemas legales

Posteado en Cuentos infernales sobre Junio 20, 2008 por sohno

Mis tripas chillaban como pelea de gatos en la madrugada de un domingo. Llegué a casa y fui directamente a la cocina.
Su aspecto aséptico, como de hospital (poco hospitalario), me dio mala espina.
Vacía. Ollas vacías y sartenes relucientes.
“Mmmmm. ¿Y ora que?”
Abrí las puertas del refrigerador. Un trozo de jamón naufragaba en la neblina. Media cerveza abierta y poco más.

Cogí el jamón y le unté un poco de mostaza.
Al cerrar la puerta reparé en la nota:

“Te dejo querido. Eres demasiado soso”

Había que reconocer ciertos tonos chispeantes en el aviso. Entendí a que se refería.
“¿Y ora que?”.

Me repetía. Y lo peor es que ni siquiera era original.
“Soso. Muy soso”-Sentencié.

La habitación se convirtió en una duna gigantesca y solitaria.
¡Estaría solo para siempre! Sentí una lágrima escurrir por mi mejilla. La probé con la lengua. Era mostaza.

Pasaron quince minutos interminables (o dieciséis). Y decidí que ya había cumplimentado dignamente el periodo de luto.
Recordé a la abogada de la empresa. Esa que jugueteaba conmigo. Flirteaba pues. (¡Que palabra más elegante! Flirtear. Sonaba nice).
Llamé a la oficina. Seguramente ella estaría todavía ahí.

- No está. Ya se fue a su casa.
(¿Tan temprano? ¡La muy huevona!)
- ¿Podría decirme donde vive?
- ¿Quién habla?
- Carlos. El del piso dos.
- ¿El vigilante?
- No. El otro.

Hay demasiados Carlos. Quizás debiera llamarme de otra forma.
Leonardo…..o Jeremías….
Jeremías sonaba bien.
Otro murmullo ininteligible. Y luego la voz anónima:

- Calle Jazmín 125 en Portales. Pero no diga que nosotros le dimos la dirección.

Colgué el teléfono agradeciendo la indiscreción.
Cogí una botella de tequila reposado que guardaba para alguna ocasión especial (me habían dejado. Suficientemente especial para mí) y me dirigí hacia allá.

Mientras conducía trataba de recordar porqué nunca antes había aceptado la invitación subyacente. (¡Otra palabra elegante! ¡Toma soso!)
Quizás por puritano. (¡Tres!)
Luego recordé que se debía a una conversación que tuve alguna vez con Carlos, el vigilante.

(Nota: Lo siguiente es un flashback, no vayan a confundirse. De preferencia imaginen la escena en tonos sepia, que siempre van muy bien en un recuerdo).

- Nunca te pises a una abogada- Me dijo- ¡Nunca terminarás de arrepentirte! ¡No hay cogida que valga tanto!
- ¿Eh? – Le respondí muy serio. Sobre todo porque el temita no venía ni a cuento.
- Te sacará hasta el último quinto. Ni siquiera tu propia mierda será tuya. ¡Ninguna cogida vale tanto!-Repitió rotundo con voz profunda.

Mientras terminaba la última frase, me pareció verlo elevarse. ¿Sería un profeta? Quizás lo imaginé.

(Fin del flash-loquesea)

Llamé a la puerta y ella se asomó por la mirilla.
- ¡Carlos! ¿Qué coño haces por aquí?- Su mirada era risueña mientras me invitaba a entrar.
- ¡Me han dejado! - Dije, con rostro compungido mientras levantaba la botella para que la viera.
- ¡Ay pobrecito!- Rió indecente.

Mientras nos apostábamos en el comedor, no pude dejar de pensar que Carlos (el vigilante, no yo. Con tantos Carlos cualquiera se confunde) era un reverendo pendejo (que no, que ya he dicho que no hablo de mi).

La casa era enorme y lujosa. La comparé con mi cuchitril y me reí.
Carlos era un soberano pendejo y no sabía nada de nada. Tal vez el quid (¡cuatro) es que quería cogérsela también el muy mamón (¡menudo cabrón panzón!).

- Pensé que me tenías miedo- Me dijo Cintia la abogada- (Con hache señor, con hache) – Cinthia, la abogada.
- Algo había de eso- Contesté, con una mueca que trataba de ser media sonrisa.

Ella se río mientras llenaba el vaso tequilero que estaba frente a mí. Luego se fue con mi tequila a la cocina, sacó un menjurje verde y lo mezcló con el tequila en la licuadora.
(¡Media botella de mi mejor reposado! ¡Para hacer margaritas! ¡Yo la mato!)

Regresó con su bebida y ambos comenzamos a beber como cosacos. Yo con mi vaso tequilero mientras ella regaba sus margaritas.
Cuando la botella se terminó, se levantó hacia la cocina y de nuevo tomó el menjurje verde. Como no había tequila ya, puso ron, ginebra, más ron y algo de brandy en la licuadora.
Yo ya estaba algo mareado (solo tenía un pedazo de jamón en el estómago) pero aún así probé el experimento que resultó refrescante aunque dulzón.
Cinthia con hache se sentó en mis piernas (ya había confianza) y me dijo:
- ¿Sabes porque me gustas?
- ¿Por guapo?- Pregunté, levantando la ceja.

Ella se rió con ganas. Muy descortésmente, si me permiten decirlo.

- ¡Nooooo! Jajajaja- Me acarició el pelo- No te enojes, no es que seas feo. Pero no es por eso.

Tomó otro trago. Yo tomé uno también para reponerme de la desafortunada confidencia.

- Tú me recuerdas a mi viejo profesor de Derecho Romano.- Seguía acariciándome la cabeza. Luego besó mis labios suavemente y dijo, así como quien no quiere la cosa:
- ¡Como lo recuerdo! Cada que terminaba su clase tenía que irme corriendo a los dormitorios de estudiantes para masturbarme y correrme de nuevo.

Me sentí halagado y molesto a la vez.
“Que se masturbara pensando en mí pase” -Pensé- “Bueno, no exactamente en mí, sino en alguien parecido. Todo eso está muy bien, pero….¿viejo?”

Ella se levantó, me tomó de la mano y nos dirigimos tambaleándonos hacia su habitación.
Me empujó hacia la cama (¡Que fuerte era, joder!) y me dijo:
- Espera, que me pongo cómoda.

Yo me quedé ahí sentado. Pensé que lo apropiado sería ponerme cómodo también, así que me quité los pantalones y quedé en calzoncillos.
Vi mi reflejo en el espejo de la cómoda. Seguramente ella saldría con algo sexy. Mis calcetines definitivamente no eran sexys.
Me los quité. Luego me quité la camisa y de nuevo me vi en el espejo.
Demasiado cómodo.
Me puse la camisa y gracias a que ella salió del tocador en ese momento no me calcé nuevamente los calcetines.
Hacía frío.

- ¿Que tal? – Preguntó traviesa. Traía puesto un uniforme de colegiala. Ya sabes, minifalda a cuadros plisada y blusa blanca anudada.

Yo quedé mudo. Pensé que si ella se hubiera atrevido a vestir así en la facultad, seguro la hubiesen acusado de homicidio imprudencial.
Imaginé a los profesores, cayendo como moscas a su paso mientras se llevaban la mano al corazón.
Definitivamente se había esforzado.
Le perdoné lo de viejo.

- Me he portado muy mal profesor – Me dijo, mientras me levantaba jalándome por las solapas de la camisa. Me besó. Su lengua pequeña y juguetona recorrió mi boca. Luego me aventó de nuevo a la cama (¡Carajo, que fuerte era!) tal fácilmente como si yo fuese un trapo. - ¿Va a castigarme? – Dijo, mientras se paseaba la lengua alrededor de la boca.
- ¡Que me cojan si no! –Respondí, con el tono mas docto que pude adoptar.
Ella se recostó en mis piernas mientras me daba una paleta de madera.
Al ver ese culo (¡Culazo!) tan cerca, no pude resistir la tentación de levantarle la falda y acariciarlo por debajo de la blanca pantaleta.
- ¡Deje ahí profesor! –Me dijo, dándome un manazo.- ¿Es que no va a zurrarme?

Casi me zurro yo del susto (¡que fuerte era!) así que, como si fuese el estudiante pillado en falta, obedecí de inmediato. Comencé a darle pequeñas palmaditas con la paleta.
- Mas fuerte – Gritaba - ¡Mas fuerte!
Comencé un golpeteo con más ritmo y confianza. Le di duro. Le di realmente duro. Y ella gritaba y gemía mientras su gordo trasero se parecía cada vez más al de un enorme mono papión.
- ¡Mas fuerte! – Gritaba ella. Estaba a punto de correrse.

No pude más. Pensé en levantarla y empujarla a la cama, pero era muy pesada. Me escurrí por un costado y la metí hasta el fondo sin lástima (no me estoy refiriendo a la paleta. Lo digo por si hay algún ingenuo) mientras seguía abofeteándole los gordos cachetes.
Mete y saca, mete y saca. Estábamos demasiado excitados, así que acabamos en dos patadas.
O dos nalgadas que en este caso es lo mismo.

Nos recostamos en la almohada, ya mas tranquilos. Por alguna razón que no alcanzo a comprender ella se acomodó de medio lado.
Traté en recobrar el aliento y la compostura.
Busqué un cigarrillo y le ofrecí otro.

- Pensé que me tenías miedo.- Me dijo sonriendo.
- Jejeje- Respondí.

Mi risa sonó sosa.

Estoy…..

Posteado en General sobre Abril 7, 2008 por sohno

Hibernando por tiempo indefinido.

Impotencia

Posteado en Poemas absurdos sobre Abril 3, 2008 por sohno

Pretendo ser espectador y que no siento
Los fierros que me queman
Ni los cristales que trozan mis carnes
Provocando la masiva destrucción de mis intestinos

La sangre viscosa que me mana
No es sangre, sino vino
Me embriago en él y finjo no darme cuenta de nada

El ruido del desplome se ha amortiguado
Bajo lágrimas espesas, negras de amargura
Soledad y desesperanza

No tengo miedo por mí.
El miedo es esperanza de vivir
Y no me queda ni eso.

El fuego me embelesa
No pasa nada.

Mañana que despierte
No estará ella
Yo seguiré por aquí
Como indigente
Buscando su sombra entre las cenizas

Amelia

Posteado en Cuentos infernales sobre Marzo 4, 2008 por sohno

Amelia ríe mientras ayuda a su madre con los platos de la cena. Afuera llueve torrencialmente, así que su padre ha llegado temprano del trabajo y ahora descansa viendo TV en la sala de su casa.
Amelia es hija única y una niña feliz.
Un poco seria y tímida según sus compañeros de la escuela, pero muy querida por todos.

En su casa se percibe cierto ambiente de tensión, pero Amelia no conoce el significado de la mayoría de las palabras que se pronuncian, así que no se angustia. Tampoco pregunta.
Su padre es de pocas palabras y su madre ahora mismo está muy ocupada.
Otro día sabrá el significado de las palabras “turbinación” y “presas”.

Mientras terminan de cenar, el teléfono suena y el padre se ve obligado a abandonar la casa abruptamente. Les dice a ambas que no se preocupen, que tiene que ir al malecón para ayudar a reforzar el “bordo” (¡Otra palabra rara!) con costales rellenos de arena.
Ellas lo miran partir desde la puerta. La madre estruja un trapo de cocina con los ojos colmados de humedad y la hija se despide agitando la mano.

Amelia recoge los trastos sucios mientras la madre los lava.
Después, las dos se sientan frente al televisor para ver la novela de la noche.
A mitad del capítulo, las interrumpen unos gritos que provienen de fuera.
-¡Salgan todos! ¡Se rompió un dique!
-¡Viene el agua! ¡Corran!

En cuestión de minutos, el agua se cuela por debajo del quicio de la puerta y empieza a deslizarse por el piso de la casa.
-¡Amelita, sube a tu habitación!
- ¿Y tu que vas a hacer mami?
- Voy a subir algunas cosas. Ahora subo.
- Yo te ayud…
Sube ya!

El grito sobresalta a Amelia que no está acostumbrada a escuchar ese tono.
Sube corriendo, con los ojos inundados por las lágrimas.
Abajo, su madre tiene problemas para desconectar el viejo televisor, pues sus manos tiemblan.

Amelia trata de distraerse en su habitación hojeando su libro favorito: Alicia en el país de las maravillas.
Entretanto la madre sube y baja repetidamente, esforzándose en salvar las pertenencias de la familia.
Afuera siguen los gritos, así que, por curiosidad, la niña decide subir a la azotea.
No van a regañarla, pues Amelia siempre es muy cuidadosa cuando ayuda a su madre a tender la ropa.
Lo que ve ahí la deja boquiabierta.
La luna ilumina débilmente las azoteas de las casas vecinas, repletas de gente quejándose y gritando.
Pero lo verdaderamente asombroso son las calles que circundan la casa, transformadas en ríos caudalosos que arrastran animales, árboles, basura y todo lo que encuentran a su paso.

Sigue lloviendo, así que Amelia trata de no mojarse la ropa para que no se enfade su madre. Como si estuviese hipnotizada, no logra apartar los ojos de lo que está ocurriendo:

Las lanchas del ejército navegan trabajosamente entre las avenidas, intentando rescatar a las personas que se encuentran en peligro; pero son demasiadas y no podrán encontrarlos a todos en medio de la oscuridad, pues el gobierno ha tenido que cortar la luz para prevenir accidentes.
Poco a poco, las incursiones de los rescatistas van haciéndose más y más espaciadas.

- ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ahí viene mi papá! –Grita Amelia, al descubrir un cayuco que se desliza dando tumbos, siendo apenas gobernado por su desesperado padre, que intenta a toda costa acercarse hacia la casa.

El grito de alegría muere en la garganta de la niña, cuando se da cuenta de las personas que se arrojan desde los techos de sus casas, tratando ansiosamente de alcanzar la frágil embarcación.
Su padre hace un esfuerzo por razonar con ellos. Después de fracasar intenta golpearlos con el remo, pero la fuerza del agua y el balanceo ocasionado por el peso de los extraños al fin vuelcan el cayuco.
Su padre cae al agua, que corre vertiginosamente.

Amelia siente una corriente helada en su corazón.
Es miedo.
Alguien consigue enderezar el cayuco. El nuevo tripulante de la embarcación ya no es su padre, que se ha perdido de vista.
Amelia se sienta en el suelo, sin importarle esta vez que se ensucie su falda.
Por fin ha dejado de llover, pero el rostro de la niña está empapado de lágrimas de angustia que saben a soledad.
Escaleras abajo, la oscuridad es total…..Y el silencio también, pues hace tiempo que no se escuchan ruidos.

La noche es larga. Muy larga. Y Amelia la pasa hecha un ovillo en un rincón del techo, temblando de miedo y de frío, mientras escucha los aullidos de los perros, que se confunden con los alaridos de los vecinos que suplican salvación y perdón por sus pecados.

Mas tarde, cuando la luz del día empiece a asomarse, a través de la puerta que semeja las fauces abiertas de un enorme cocodrilo, Amelia vislumbrará que el agua ha cubierto por completo las escaleras y su madre ya no habrá de subir por ellas.
Así, mientras a su alrededor la gente ora por su propio rescate, Amelia estará de pie en el borde del pretil de la losa, observando las traicioneras aguas, espesas y oscuras como chocolate, que le han arrebatado todo lo que tenía.
Una somnolienta Amelia creerá ver en la superficie de las aguas el reflejo de un conejo. Un conejo blanco que le hace señas mientras sonríe.
Instantes después, se escuchará un chapoteo, al tiempo que un ángel desplegará sus alas, preparándose para emprender un largo viaje….

Engendro

Posteado en Engendro sobre Febrero 25, 2008 por sohno

CAPITULO II

Timing….timing….
¿Cuándo es el momento perfecto para hacer las cosas? ¿hoy? ¿mañana? ¿dentro de cinco minutos? ¿diez?
Los gringos tienen eso. La frase exacta para definir ciertas situaciones.
Cuando Shanon me dijo “Rodrigo, i´ve got a crush on you!” no me preocupé.
Parecía asunto poco serio. Como de chocolate. Así que respondí: “I´ve got a crush on you too!”
Después, cuando me dijo “I´m falling in love with you”, yo pensé “Sure. ¿Why not?” y respondí “I´m falling in love with you too!”.

¿Qué hubiese escrito Rebeca en su tarjeta?.
“Misógino, egocéntrico, irresponsable social….”
Nunca te acuestes con la sicóloga de la empresa. Tienden a complicarlo todo. Hay que pasar un tamiz, todo tiene una explicación, un sentido oculto.
Si cagas mal y la mierda apesta, es culpa del estrés.
Si la pija se te ladea, es producto de tu profundo deseo sexual insatisfecho por tu madrastra.
Nunca te acuestes con una sicóloga, punto.

Faltando un par de meses para la boda, sentí como si tuviese una rémora nadando junto a mi cola.
No. Era peor. Era como si una sanguijuela estuviese pegada en mi cuello chupándome el líquido cefalorraquídeo directo de la médula espinal.
Me fui. Cuando volví seis meses después, Shanon estaba todavía ahí.
A los diez minutos, con dos maletas en la mano, se despedía diciendo: “Rodrigo, you are a good guy, but i can´t stand this anymore” y se largó.
Timing…..timing….
Shanon era muy hermosa. Su piel blanca, casi transparente, dejaba traslucir las ramificaciones de sus venas.
Cuando besaba sus puntudos pechos de pezones rosas me sentía como vampiro. ¡Hubiese sido tan fácil perforar la piel y succionar hasta dejarla seca!

Me despertó la casi dolorosa erección.
Estaba acostado en un catre oxidado, sobre un petate mohoso que olía a humedad y meados.
La habitación de madera apolillada no tenía baño ni muebles.

Salí. El sol ardía a morir.
El cuarto donde dormí estaba detrás de la tienda de Doña Rosa. ¿Cómo había podido cargarme ella sola?
Tendría que preguntarle después. Ahora las ganas de orinar me estaban matando.
Encontré la letrina a un costado del cuartucho. Era apenas un hoyo dentro de un cajón de madera que cubría la fosa séptica.
Mientras orinaba, sentí una sensación de alivio tan grande que se me escapó una lágrima.
Ahora ¿Dónde podría lavarme?
Salí de la letrina. Evidentemente el sanitario era comunal, porque fuera encontré una fila de niños panzudos esperando.
No me quedé a responder sus preguntas. Me urgía una respuesta para las mías.
Encontré poca gente de camino hacia el río.
Un par de señoras en los lavaderos cuchicheaban. Reconocí que hablaban español también, pero tan rápido y con un acento tan marcado, que renuncié a intentar descifrar su conversación.
Adelante, en un par de tablas que fungían como muelle, tres hombres descargaban cajas de provisiones de un lanchón. Me ignoraron olímpicamente, como si no existiese.
Me lavé en el río y regresé a la tienda de Doña Rosa.

Engendro

Posteado en Engendro sobre Febrero 22, 2008 por sohno

ENGENDRO

CAPITULO I

Me gusta descansar la mano en tu vientre
En instantes así quisiera prodigarme
Reunir valor para bajar la guardia
Besar tus párpados y cerrar los míos

Las hojas secas crujen a mi paso. Las ramas de los árboles rasgan mi rostro. Sigo caminando por el sendero maltrazado que el paso de los animales ha dejado en su búsqueda imprecisa e indefinida.
Pronto oscurecerá. El atardecer con holgazanería cuelga en el tendedero sus últimos rayos de sol.
Debería buscar refugio, pero mis piernas piensan por si mismas y se rehusan a detenerse.
El tiempo les concede la razón, pues todavía no es noche cerrada cuando he llegado a un pueblo anónimo, bastardo no reconocido del mapa que descansa en el bolsillo trasero de mi pantalón.
Un puñado de casuchas de techo de palma se amontona a la orilla de un río de mísero caudal. Los ladridos de los perros anuncian mi llegada, que genera una considerable expectación entre la veintena de personas que habitan el poblado.
Una de ellas se dirige a mí, chapurreando el español.

Es Doña Rosa, dueña del único tendejón que hay por la zona. Atenta a su modo, me invita a pasar a su local para una conversación que preveo tomará tintes de interrogatorio.
El anuncio de Cocacola de la entrada se distiende siniestro entre sombras violentas que amenazan con devorar las calles de tierra apisonada.
Entre rejas de refresco y cartones de cerveza vacíos, iluminados apenas por la luz de un quinqué, pulseamos ella y yo. Ella a ver cuanta información puede sacarme y yo cuanta puedo ocultarle.
¿Cómo llegué ahí? ¿Cuánto pienso quedarme?
Trato de explicarle que ni siquiera se donde es ahí, pero es evidente que no me lo cree.
Es complicado pedir alojamiento cuando las preguntas se te enredan como una telaraña pegajosa.

Doña Rosa es como tantas personas a quienes la vida se ha bebido legal. Sin soda ni hielo, ni florituras de esas.
Aparenta sesenta años, pero bien pudiera tener apenas cuarenta.
Su boca ha perdido un par de dientes y los que conserva tienen un tono verdoso cerca de las encías. (“El verde es vida”. Frase que juega a las escondidillas en mi mente)
Habla rápidamente y comiéndose algunas letras. Por eso es que a ratos me cuesta tanto entenderle.
Por fin, después de algunos escarceos más, me ofrece un plato de puchero de cerdo con plátano y hierbas de colores misteriosos.
Un puchero que sabe delicioso después de dos días sin probar alimento.
Miro sus manos sucias y arrugadas que recogen el plato vacío y siento la misma sensación (vacío) en tanto el caldo conjura una revolución en mi estómago.

Mientras se sienta frente a mi, en un extraño alarde de coquetería Doña Rosa pasa sus dedos por el pelo apelmazado y sonríe (¡Por Dios!). Devuelvo la sonrisa, y ese gesto me regala una cerveza tibia que milagrosamente ha aparecido entre las cajas de conservas.
La bebo por diplomacia. Poco después se rompe la frágil resistencia de mi estómago que hasta ahora había resistido heroicamente, así que vomito una mezcolanza de puchero y cerveza a medio digerir sobre la mesa de plástico.
Mientras permanezco en un estado de sopor semi-incoherente, Doña Rosa ríe mostrando impúdica sus dientes verdosos.